jueves, 30 de julio de 2009

Ángela, Atencia, Barcelona

Según las estadísticas, el verano y las vacaciones provocan en España uno de cada tres divorcios.

Barcelona. Día 1.

Empezamos regular el día. No hemos pegado ojo. El calor en casa de mi abuela, que es donde pasamos la noche previa al viaje por cuestiones de intendencia, es insufrible. Ni el ventilador ni las ventanas abiertas de par en par nos dan una tregua. Dormimos juntas en la cama, pero mi mujer se va porque está agobiada y no quiere despertarme. Yo la echo de menos a mi lado y me preocupo. Lo dicho: no dormimos nada y suena el despertador a las 06.20 horas.

El termo no funciona. Ducha fría. Seguimos para bingo. Esta inconveniencia nos viene bien para el viaje y nuestro propósito: nada de pensamientos impuros durante nuestra estancia en Barcelona. Si otros se ganan el jubileo haciendo el Camino de Santiago nosotras lo hacemos prescindiendo del género masculino por unos días. A ver cómo sobrellevamos la preparación de nuestro cierre por vacaciones.

Mi padre, pobre, nos recoge para el traslado al aeropuerto. Llegamos a las 07.00 horas. El tío de la facturación es un inútil y nos dice que no podemos llevar maleta. Ya nos veo con tres capas de ropa cual cebollas. Desayunamos y nos la clavan. La primera en la frente. La segunda, la furgoneta de los periódicos se ha averiado y nos dejan sin prensa. A esperar el avión.

Mi miedo a los aviones se va superando poco a poco. Seguimos muertas de sueño. En Rayanair nos putean: o te venden unos rascas para ayudar a unos niños ciegos o colonias, o cafés, o cigarros con nicotina pero sin humo (¡!). Parece que lo hacen por joder: cada cabezada mía coincide con un nuevo discurso de los azafatos. Una, además, es humorista: “Llega el momento más esperado del vuelo, y no hablo de las turbulencias…”. “Sus muertos”, pensamos al unísono Ángela y yo. En el aterrizaje el avión hace un extraño. La película de mi vida pasa ante mis ojos y el corazón se me sale del pecho. Primera prueba superada.

Segunda etapa. Coche de alquiler. Automático. Micro Machine. Allí que nos metemos y al salir a la autopista el pequeño frena en seco. Nos hemos salvado de morir estrelladas en el avión pero todavía tenemos que salir de la carretera. Sanas y salvas, llegamos a Tarragona, que nos recibe con un calor infernal.

Dicen que los andaluces somos unos flojos, pero aquí tienen otra catedral sin terminar. Las calles del centro son como El Jueves, por lo que no me da tiempo a echar de menos el bullicio de mi calle. Nos ponemos con las fotos y así echamos la mañana. Decidimos que vamos a Sitges, lugar para lunas de miel, gente de la jet set y homosexuales. Ni nos hemos casado ni somos famosas, ya sé por lo que vamos a pasar allí.

Efectivamente, Sitges es un paraíso gay. Seguimos bien sin pensar en hombres porque aquí todos van de dos en dos. Nos sentamos a comer y una familia nos da cháchara. “¿Sevillanas? Ole, ole y ole, ¡cuánta alegría!” Ángela y yo miramos con desdén y seguimos con el bocadillo, la envidia de todos los hombres que pasan a nuestro lado porque es una gran baguette.

Próximo destino: Barcelona. Un Smarth, un mapa, una conductora cegata y una copiloto despistada hacen el resto. Tampoco nos perdemos tanto. Entrenamos para lo que van a hacer los próximos días: Rambla para arriba, Rambla para abajo. El hotel está arriba a la izquierda. Creo. El coche se niega a que le metan la marcha atrás. Nos ha salido precavido.

La habitación es muy romántica. Nos echamos en las camas y nos da un ataque de risa que desemboca en llanto nervioso. Somos unas aventuraras. El año que viene nos vamos de safari.


Barcelona. Día 2.

Después de once años, me vuelvo a subir al Metro. La última vez fue en París, cuando un hombre decidió acabar con su vida tirándose a las vías cuando pasaba el tren en el que yo viajaba. Otro miedo que supero. Parada: Sagrada Familia. Sales de la boca del suburbano y nos sentimos unas divas. ¿Nos fotografían a nosotras? No, es a la catedral que hace gala del refrán sobre la duración de las cosas -prevén que esté terminada entre 2020 y 2040- que se medio erige a nuestra espalda. Llevan desde 1892. Queremos pensar que los obreros son actores porque no nos piropean. Monteseirín no se ha enterado de este filón de cobrar 11 euros por ver una obra porque si no ya estaría haciendo caja y la línea 1 se habría inaugurado en 2100.

Salimos al Parque de los Güells, como queda bautizado porque para llegar hay que subir unas cuestecitas que ni en el Tourmalet. Aquí confirmamos el tópico: los catalanes son muy agarrados. Un parque y ni un triste banco. En las Ramblas tampoco. Ni en las plazas. Kilómetro y medio para llegar de nuevo al Metro. Vamos a pasar la tarde dedicada a Gaudí. Paseo para encontrar edificios modernistas. Me duele –nos duelen- las piernas. Nos sentamos y sentimos el hormigueo postorgásmico pero sin orgasmo. Se nos está poniendo el culito aún más prieto.

Nos damos un chapuzón en la piscina. Mi resfriado empieza a hacerse patente. Esta noche vamos a salir y mi mujer me agasaja con una cena en un japonés. Para las copas, nada mejor que no perder las buenas costumbres y buscamos la Alameda barcelonesa, en el Barrio Gótico. Nos sentamos en una mesa y llega un listo que dice venir del servicio y nos invita a levantarnos o a compartir con él la cerveza. Faltaría más. Nos levantamos y nos vamos a otra. Llega el momento revelación del viaje y nos ponemos trascendentales. El alcohol es lo que tiene.

Barcelona. Día 3.

Hoy la caminata es por el centro. La Rambla de derecha a izquierda. La Boquería y el Raval. Como somos muy audaces, nos decidimos a ravalear a plena luz del sol. Nos persiguen. Lo sabemos y nos encomendamos a sagrado. Entramos en una iglesia románica que nos hace plantearnos nuestra vocación y pensamos en pillar los hábitos, los malos, claro. La verdad es que se respira paz. Mi señora me hace un reportaje gráfico.

Todas nuestras fotos del viaje son de una en una o autofotos, en las que salimos con cara de velocidad. No nos atrevemos a pedir que nos fotografíen no vaya a ser que salgan corriendo con el aparatito de mi madre y nos mata.


Volvemos a La Boquería para comer. Nos sentamos en una plaza. No tenemos ganas de hablar pero sí de escuchar. Conversación entre jipis (varones).

-Jipi 1: Yo, es que no las entiendo. Las tías son egoístas y muy pesadas.
-Jipi 2: Sí, tío, nunca sabes como acertar con ellas. Lo peor son los tres o cuatro días cada mes antes de la regla…
-Jipi 1: Pero la tuya usará Tampax, ¿no?
-Jipi 2: Sí, pero no puedo hacer nada…
-Jipi 1: Ni tocarla…
-Jipi 2: ¡Ni mirarla!

Ya está claro, las tías somos un tema recurrente en las conversaciones de tíos. No sólo de pelotas vive el hombre.

Por la tarde intentamos ir a la Catedral. Nos niegan la entrada. ¿Por qué? Por guarris. Vamos en tirantas y no nos dejan pasar sin taparnos. Nos indignamos y decimos que para la playa que nos vamos, que allí sí que se lleva ir destapadas. Esto es como aquella historia del té:

-Yo: Me pone un té marroquí.
-Camarera: Es que no sé como se hace…
-Yo: Mmmmm. Ponme un Brugal con cola.

Nos lanzan a la mala vida. Y al peligro, porque después de superar la prueba del Metro, donde roban a un guiri, la Barceloneta es droga dura. Si no te saltan un ojo con una pelota te pisan en cuello tomando el sol. No aguantamos. Nos vamos a la piscina a pie. Rambla para arriba.

A punto estoy de salir esposada de la piscina. Muy relajadas que hemos estado todas las tardes hasta ésta. Marcelo y sus coleguitas, de no más de diez años, nos dan la tarde. Estoy desesperada. Ya leo los titulares: “Sevillana se vuelve loca y tira a cinco niños sudamericanos por la terraza de un hotel”. Me prometí a mí misma que no diría más eso de arrancarme los ovarios a bocados antes de ser madre, pero estos niños son para ahogarlos.

Nos duchamos y vamos a cenar. Mi esposa no me ha hecho esperar ni una sola vez en estos días. Eso sí, hoy me duele la cabeza y ella me abandona para buscar un melón, que sube a ofrecerme pero que se come antes de que me dé tiempo a decir que sí.

Barcelona. Día 4.

No nos queremos levantar de la cama. Nos vamos ya y nos negamos. Pero hay que hacerlo. Hay que buscar una motivación. O dos. Hoy entramos en la catedral por nuestros ovarios. Perdemos la dignidad. Hace 40 grados pero nos ponemos las rebecas para entrar. ¿Quién dijo aquello de que las rebequitas son para el verano?

Aquí te cobran hasta por respirar. Ayer no nos dieron ni agua después de un café y ahora para iluminar a una momia nos piden que echemos 50 céntimos a una máquina. Te piden limosna, que apadrines una piedra…

Vamos a comer a Reus y llegamos bien de tiempo. Nos ponen un menú y el camarero vuelve a la carga con el rollo de la gracia sevillana. Nos recomienda una ruta por las casas modernistas. A estas alturas hemos decidido que, con el dolor de piernas, el cansancio acumulado y las ganas de encontrar una motivación para volver a casa, nos importa un carajo el arte en general y el Modernismo en particular.

El coche se niega a salir del parking. Que no quiere la marcha atrás. Pensamos en dejarlo allí pero nos puede el sentimiento de responsabilidad. Como no confiamos en nuestra capacidad de orientación salimos pronto y llegamos antes al aeropuerto.



Nos sentamos al lado de una muchacha muy guapa. Viene el que intuimos es el novio. Ella se llama Ana y a él lo bautizamos como Enrique. No le habla. Él le pide que cuando lleguen a Sevilla deje de hablarle si quiere, pero que ella tiene sus cosas en su casa y que las tiene que recuperar. Nos levantamos sutilmente. Nos gustan más las conversaciones entre jipis (varones). Me da miedo la idea de que se vuelvan locos en el avión y nos estrellemos.

Uno de cada tres matrimonios rompe en verano. Otras parejas, como la nuestra, se consolidan en vacaciones. Hemos sobrevivido a la abstinencia, al coche automático, a La Rambla y a Ryanair. El avión sale con retraso. Se encienden las luces del cinturón de seguridad en pleno vuelo. A ambas nos entra la taquicardia cuando el azafato se pone, muy solemne, a hablar en inglés, hasta que dice coffee y capuccino. Ya veíamos nuestros obituarios: “No quería morir hoy, al menos antes de irse a la cama”.

¿Próximo destino…?

sábado, 25 de julio de 2009

Me llevó el tiburón

Qué verdad es ésa que afirma que si crías fama, ya te puedes ir echando a dormir. En Tarragona han pescado a un tiburón que pasaba por la costa y se ha muerto del estrés. ¿Ha hecho algo el pobre escualo? Pues no. El que se puso ayer las botas fue un pez lirio, que con su delicado nombre se dedicó a morder a jovencitas en la misma playa. Todo un clásico playero pero con escamas.

Parece que las cosas en la costa catalana están calentitas y eso que no he llegado todavía, que yo tengo fama de gafe. Bien es verdad que esta celebridad de mi mala suerte tiene cierto fundamento, porque cuando me pongo a encadenar infortunios me quedo sola. Por eso estoy ya cagada. Y no es sólo un miedo infundado. Vuelo con Ryanair, que es como la línea 20 de Tussam pero sin pasar por el Polígono, y no tengo ansiolíticos. A ver cómo paso el rato.

Como preveía desde hace unos días, no tenemos marcado un plan de viaje. Ni dónde ni cuándo iremos. Lo que no sé es si así es más emocionante. De lo que sí tengo ganas es de andar y no pensar (y no tropezarme y partirme un ligamento o el dedo gordo del pie). Ver y mirar, sin que se me meta un cristal en un ojo, bañarme en una cala en el camino desde Reus sin que se me corte la digestión, ese-mito, y no volver con la H1N1, aunque juraría que ya le he pasado. La Rambla será nuestro eje, ese camino que no sé si tiene principio, final o derecha e izquierda… Ya quedan unas horas. Comienza la cuenta atrás. Si no vuelvo, dejo dicho que os quiero. No me echéis mucho de menos.

viernes, 24 de julio de 2009

Bebo para hacer interesantes a los demás (I)

Vivo en una ciudad con un porcentaje muy alto de putas y cabrones. Podría ser más bruta y decir que esta es una ciudad de putas y cabrones, así en plural, pero tendría que decantarme por un bando y lo que es peor, empezar a clasificar a familiares y amigos. Y es que hay días como hoy (y ayer), que me preguntó por qué hay tanto subnormal suelto por las calles y no llegan los laceros y se llevan a más de uno a la perrera.

Estuve en la velá de Santa Ana. Una muchedumbre que siempre me ha gustado por dos únicos motivos: el ron Liberación de la caseta de IU y el mojito. Las papas que me he cogido allí son antológicas (moño con tenedores, el fresquito de una pota, tribesos, el guarrazo en plena calle Betis, lanzamiento de móvil...). Quizás sería que ayer estaba todavía perjudicada porque no disfruté como antes. O eso o me estoy haciendo mayor y cascarrabias. La cosa es que, pasando entre la gente te das cuenta de cuán absurdas son en general las personas. Mucha pija, mucho cani-chungo y mucho sevillanito de pro. Que aquí son todos muy graciosos de jiji y copita, pero luego tontos del culo.

Siempre me cabrean las generalizaciones porque son mentira. Yo nunca me he sentido de aquí. De aquí como se entiende desde fuera. No soy de Semana Santa, ni de miarma ni de chocho loco. No me gustan los tíos con patilla y nunca me ha parecido estético llevar pendientes de perlas y moreno de rayos uva. Es verdad que eso no es ser sevillano: en mi DNI pone que nací en Sevilla y veo un paso y echo a correr. Eso si no la lío metiéndome con el que toca la corneta, que creo que Freud haría con esos tipos encajes de bolillos, que a ver cómo se explica que uno se lleve ocho horas con semejante objeto en la boca...

Lo que quiero decir con esto es que, donde hay tal concentración de gente te percatas más de la cantidad de ellos que estarían mejor encerrados. La pareja de tristes que ni se hablan mientras beben -un refresco- en la puerta de una caseta esperando que llegue la hora de irse cada uno a su casa sin una triste sonrisa (ni qué decir que sin un beso apasionado en un rincón oscuro); la pandilla de amigos que no se soportan mucho pero que llevan años juntos y siguen en la inercia aunque ya no tengan nada en común; el grupo de niñas que salen de punta en blanco y se cabrean porque les derramen la copa encima... Eso sí, llega el de enfrente, empieza el espectáculo, risotada y "Quillo, ¿qué, tú por aquí? A ver si nos vemos otro diíta ¿no, miarma?".

Yo no quiero ser de ésas. No quiero convertirme en esa clase de engendro. No me tomé ni ron ni mojito, por eso a lo mejor estaba mijita. Uff, vaya tela.

jueves, 23 de julio de 2009

Resaca de trascendencia

Hay que coger los toros por los cuernos. Echarle valor al asunto y afrontar que la determinación, la resolución, es la mejor manera de sacar afuera al osado que tenemos dentro. Una derrota solo tiene que ser el impulso para emprender una nueva batalla. Siempre he pensado que la vida es de los valientes.

Hay un poema de José María Fonollosa, al que he retomado de nuevo hace unos días gracias a su Ciudad del hombre: Barcelona. También tiene una Ciudad del hombre: New York, que se pasea por mi casa desde hace unos años. En este libro, muy difícil de conseguir, demoledor en sus planteamientos por lo descarnado de sus imágenes y muy real precisamente por eso, está ese poema que me viene a la mente una y otra vez. Se llama Avenue of Americas. Lo copio y lo pego:


Podemos elegir entre estar juntos
y hacernos mutuamente desgraciados.

O separarnos ahora
y ser también cada uno por su lado desgraciados.


Últimamente tengo muchas conversaciones trascendentales. A todo el mundo le está dando por hacer balance de vida y la resulta de tantas charlas es que la mayoría no está muy conforme con su existencia. Ayer fue la despedida de Ángela del periódico (a este paso mi hermana no va a ser la única que piense que estamos liadas) y me dio por pensar cuán necesario es tener a alguien al lado para ser desgraciado en compañía. Así, acompañado, las desgracias se convierten en anécdotas que pasan mejor. Y más si es con un cubata en la mano: la das un buche y ahogas la emoción que puede trabarte la voz en un momento dado. Así tengo hoy la cabeza como la tengo.


Nos cogimos una buena. Nos cambiaron las canciones de la máquina del Matakas (la Tatuajes se la está jugando) y no desayunamos churrros, pero nos hartamos de reír. Lo que sí hubo un brindis que no quise seguir: ni Dublín, ni Londres ni ninguno de esos destinos son ahora una opción. Ahora toca elegir quedarnos y pasar por el mal trago. Huir es de cobardes, esposa. Barcelona nos espera. En agosto cerramos por vacaciones y septiembre será nuestro mes. Sé, lo presiento, que la felicidad está a la vuelta de una esquina (y no quiero decir que nos metamos a putas, de momento). Ofú qué mal me sienta la resaca a la trascendencia.

martes, 21 de julio de 2009

"Tú eres bollera"

Me voy a arreglar el video para que grabe. Lo he decidido este mediodía frente a la tele. Me pierdo muchas cosas. Me voy a quedar atrás, sin nuevas cosas que aprender y ya se sabe que esto es renovarse o morir. Hoy, por ejemplo, me he enterado de que han hecho un remake de Veredicto, ese mítico programa que lanzó a la fama a Ana Rosa, esa mujer. El juicio que tocaba enfrentaba a una ex pareja. Él había estrellado el coche de ella con el de una tía buena, rubia (han dado todos los detalles). A partir de ahí, el muchacho se dedicó a ponerle los cuernos a la pringada de la novia con la que embistió por detrás antes de decirle hola. El tío es todo un profesional, sin preliminares. Ella, la novia, ahora le reclama el dinero del arreglo del coche y una indemnización por todos los años en los que lo acogió en su casa. Reconoció la chica -a la que el juez, por cierto, no le dio la razón por tonta-, que lo hacía porque estaba despechada por el engaño.

Siempre me he preguntado por qué la gente tiene tan pocos escrúpulos para airear su vida privada existiendo el recurso de "una amiga de una amiga". Es muy socorrido. De todos modos mis hermanas me han dado permiso para que hable aquí de ellas, que estaba yo preocupada por si resultaba que pensábais de mí que soy una indiscreta. Y es que no dejan de darme historias que contar. Hoy una de ellas me ha preguntado por mis vacaciones. Le he contado el plan de Ángela, Atencia, Barcelona. Su respuesta: "Tú eres bollera, ¿verdad?". Esta afirmación injustificada ha provocado debate plenario entre las González, sobre la posibilidad de que cale el lesbianismo entre nosotras. La pregunta del millón que he propuesto que hay que plantearse para reconocer el gusto por practicar la actividad de Lesbos es muy sencilla a la par que soez (perdón). ¿Te gusta el sexo oral? (lo he dicho de otra manera, la autocensura me ha podido) Hacerlo, claro, -he continuado- que para recibir somos todos muy listos... La González más pequeña ha mascullado en este punto un "¡Qué asco!" por lo bajini que yo he querido ignorar, pero las otras han estado de acuerdo en que ésa es la pregunta clave.

En cualquier caso, cada vez estoy más segura de que hay que follar más y mejor y disgustarse menos. Si todo el mundo empezara el día llegando tarde al trabajo por pegarse un buen revolcón en vez de por los atascos, otro gallo nos cantaría. Habría más simpáticos por el mundo. La gente que comienza la jornadas dándo(se) los buenos días acaba con un cutis de lujo, sin cremas ni potingues. Por no hablar del ejercicio físico, la quema de calorías, la eliminación de toxinas y la capacidad de empatizar con el otro y ser más compresivo con el prójimo que no se levanta con tan buen pie o en tan buena compañía...

No se me ocurre ninguna desventaja, salvo si te da por tirarte al que se está tirando tu hermana o al colega le da por probar las diferentes versiones del mismo producto. Ése es un problema. Yo, por eso, pongo el parche antes de que salga el grano: cuando pruebes a una González, no pases a la siguiente como si fuesen estampas de una bonita colección. Puede haber peleas insalvables que pueden matar a la mayor, diosa omnipotente que todo lo sabe, de un ataque de risa. Del lesbianismo pasamos a la promiscuidad. Mis hermanas han dado su permiso pero no tienen la dirección del blog...

lunes, 20 de julio de 2009

La mancha de cani, con otra cani se quita

Hay imágenes que me ponen tierna y sacan de mí el lado dulzón que todo el mundo tiene, unos más y otros menos acentuado. Yo no soy mucho de perder los papeles por una emoción salvo cuando ya me desborda de esconderla, así que es difícil que alguien me vea conmoverme. Es que más que otra cosa un mecanismo de defensa, no es que yo sea dura precisamente...

Esta tarde he visto a un adolescente llorando. En la puerta de un portal, estaba totalmente desconsolado. Me ha inspirado tanta ternura que he aminorado el paso y me ha dado tiempo a ver salir a una jovencita del portal. Se han ido juntos. A lo mejor lloraba por la pérdida de un ser querido o porque sus padres le han castigado sin la Play, pero a mí me ha dado por pensar que le acababan de romper el corazón y la susodicha estaba a punto de rematar exprimiéndoselo y echándoselo de comer a los perros del barrio. Yo llevo ya un buen rato pensando en todas las rupturas y males de amores que me han rodeado a lo largo de los últimos años.

Es verdad que todos hemos tenido rupturas traumáticas. De jurar y requetejurar que nunca más. De ésas de repetir hasta la saciedad que, o te metes a monja, o abres un prostíbulo. Aunque al final, se sale y te ríes, y vuelves a caer y otra vez a reparar las heridas y un nuevo comienzo...

No obstante, las peores sin discusión que se me vienen a la memoria son las rupturas adolescentes. Ahí es cuando crees que la tragedia la inventaron pensando en ti y te quedas lamiéndote la sangre derramada, llorando, maldiciendo al mundo. Pero en el fondo te alegras, porque si sufres es que estás vivo y te has hecho mayor. Es entonces cuando prefieres que te partan el corazón que romperlo tú porque eso te hace ser la heroína -o el héroe- de la historia. Por eso me ha hecho poner tontona el niño del acné con el corazón apaleado por la cani: él es damnificado, el que un día recordará el daño y sonreirá.

Yo me acuerdo de mi primer novio. Me empezó a gustar con nueve años. Era como El Principito: rubio, con los ojos azules, el más listo de la clase, el que mejor cantaba en el coro... Y no me echaba ni puta cuenta, claro. Era muy tímido, pero yo, que a perseverante no hay quien me gane y cuando se me mete algo en el coco hasta que no lo consigo no paro, logré que se me declarará un recreo cuando ya tenía 12 años. ¡Mira que era yo paciente! Me dio hasta la mano un día... Pero he de reconocer que fui yo quien le partió el corazón. Otro niño más espabilado empezó a hacerme la corte y yo sucumbí. Fue el primero que me cogió una teta. Al día siguiente de ese manoseo en el cine, me dejó por otra... Y ahí me destrozó. Venga a oír canciones tristes, venga a ver películas moñas... hasta que salí, por supuesto, como él cuando lo dejó la otra. Mientras, fuimos los más desgraciados del universo, pero no nos importó (y menos a mí, que al muy capullo también lo dejaron). Este muchacho ahora pesa 200 kilos y debe tener pelo en todo el cuerpo menos en la cabeza. Cosas del Feisbuk, mientras yo gano como los buenos vinos.

Por eso he llegado a la conclusión de que no hay mal, que por bien no venga, que cien años dure. (Qué me gusta inventarme refranes). Y al niño sin Play le diría, aunque lo va aprender él solito, que hay más po- que ollas y que una cani, con otra cani se quita.

domingo, 19 de julio de 2009

Juventud, divino tesoro

Adoro a mi madre. ¡Qué verdad es ésa que para ellas nunca dejamos de ser niños! Hoy se ha puesto a enseñarme fotos de su viaje a Canarias y, entre las 300 fotos que ha hecho (no es exageración, lo aseguro), estaba una del Teide. La buena mujer me dice que esa misma estampa salía en el reverso de los billetes de mil pesetas. "Pero, claro, tú de eso no te acordarás...". Madre de mi alma... Que cuando el euro llegó yo estaba a punto de cumplir la mayoría de edad. Pocas botellonas he comprado yo con billetes de mil pelas...

Parece que mi mamá se ha olvidado de que ya tengo un cuarto de siglo. De lo que sí se acuerda es que cuando nací le tuvieron que coser los bajos y que con mis hermanas, sin embargo, ya tenía habituado el canal de parto y casi ni se enteró. Curiosa especie las madres aunque la mía escape del tópico, que también se dejan llevar por eso de que "quien bien te quiere te hará llorar". Porque yo, la que la arrancó casi de la adolescencia y le dejó el chumi para que le dieran por el orto (no hay que ser soez), soy su vástaga más querida. Me lo ha demostrado cuando me ha prestado su tesoro más preciado: su pedazo de cámara de fotos para que me la lleve a Barcelona. La cojo con miedo, no sé yo cómo me saldrán las fotos. Si le pasa algo al aparato me veo aprendiendo catalán y en la Ramblas viviendo.

Las madres creo que son una especie en peligro de extinción. La mía desde luego no es de las madres pesadas todo el día desviviéndose por sus crías. Reflexiono. Cosas que hacen las madres (y que la mía, no): hacerte peinados historiados, vestirte de princesita, esperarte despierta, ir a recogerte de la discoteca, llamarte para ver dónde estás, hacerte una comida especial cuando hay albóndigas, pelarte las gambas, sujetarte la cabeza cuando vomitas tras una borrachera, interesarse por tu vida sentimental (sí por la sexual), pedirte nietos o autoinvitarse a tu casa a tomar café para cotillerar si tienes polvo tras los marcos de foto. Mi madre no ha seguido ninguna etapa de éstas cuando se supone le correspondía: a nosotras nos cortaba el pelo a lo garçon, se reía cuando nos emborrachábamos y a mi casa sólo ha venido una vez en diez meses que llevo aquí.

Hoy, sin embargo, me ha descolocado. Después de pensar que soy lo suficientemente joven como para no recordar más allá del euro, se ha creído que soy lo suficientemente tonta como para contar los secretos de mis hermanas. ¿Que con quién ha pasado una de ellas el fin de semana? A mí, que me registren. De mi boca no ha salido. Que una cosa es que lo cuente por aquí y otra que lo vaya soltando a una madre, que es sagrada...

A mis hermanas la que les da la tabarra soy yo. Que con quién vas, con quién vienes, que si has llegado bien... Las frío a preguntas indiscretas, para eso soy la madre superiora del convento. Las estoy aleccionando para que sean mujeres de provecho. A este paso, superan a la maestra porque la juventud viene empujando y empujando mucho.